Por José Carlos Rodríguez – actuall.com

En el legendario oeste de los Estados Unidos, recreado en infinidad de películas, las armas marcaban las lindes del crimen. En los salones se empapaban los gatillos. Y en ocasiones, éstos resbalaban y las balas cruzaban el lugar con una detonación y quizás un silbido. En ese entorno, las mujeres podían entrar y salir, y moverse con total libertad, en la confianza de que nadie les iba a disparar, ni iba a tomar una decisión que les pusiera en peligro. Allí donde había una mujer, reinaba la calma. Si alguien se saltaba esta norma no escrita, podía estar seguro de que se enfrentaba a una sentencia de muerte, puede que sin juicio. 

No es nada extraño. Siempre ha habido una especial protección para las mujeres, a las que se les ha alejado de peligros innecesarios. Lo demuestra el hecho de que se quedasen en retaguardia en las guerras. A morir al frente iban los hombres. ¿Por qué? No tenemos más que recordar la norma “las mujeres y los niños primero”. Ellos son el futuro de una comunidad. La supervivencia de cualquier comunidad o sociedad pasa por la protección a las mujeres. Esto se sabe desde antes de que la historia recogiera nuestras huellas. Antes de que el cristianismo le reconociese un especial valor a las mujeres frente al barbarismo romano. Antes de que nadie hablase de patriarcado. 

Esta consideración tradicional, atávica en realidad, hacia la seguridad de las mujeres no ha recibido el elogio del feminismo. Ni el de la enésima ola, ni el de la primera. El feminismo actual, además, rompe la humanidad en dos, crea dos especies de una: la de las mujeres y la de los hombres, y los coloca en una posición moral muy distinta, con los hombres en el papel de villanos

Este feminismo arrastra varias contradicciones, si asumimos que tiene como ánimo proteger a las mujeres. La principal es que si por un lado escoge a los intereses de las mujeres como baremo moral, por otro proclama como ideal el final de la maternidad. La maternidad es lo que le separa del hombre, lo que le impide mantener relaciones sexuales con la despreocupación de un inseminador, o le retira del mercado de trabajo durante considerables períodos de tiempo. La maternidad, además, es un crimen. Perpetúa la especie humana, que para la nueva izquierda lleva la semilla de la destrucción. Esa izquierda, además, quiere destruir las comunidades reales, deshacerlas en individuos obedientes, sumisos, que formen parte de una sociedad global. 

Afortunadamente, la mujer ha podido emanciparse de su función tradicional. El capitalismo y la profundización de la división del trabajo han logrado que la humanidad se beneficie de sus aportaciones a la sociedad en el ámbito laboral. Pero el feminismo le ha conducido a una vía muerta. La contradicción consiste en que, en la medida en que ese feminismo tenga éxito, le quitará a las mujeres algo que le es propio y que les otorga un valor especial, y es su capacidad de dar a luz, de portar el futuro de su familia y de la comunidad en que viven. 

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