Fuente: elamerican.com

El padre fundador y segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams, dijo una vez que “los hechos son cosas obstinados; y cualesquiera que sean nuestros deseos, nuestras inclinaciones o los dictados de nuestras pasiones, no pueden alterar el estado de los hechos y las evidencias”. Lo que quería decir era que las cifras objetivas y crudas no mienten y esto sigue siendo cierto cientos de años después. 

Acabamos de recibir otro ejemplo. Un nuevo análisis de datos de la Universidad de Harvard, la Universidad de Brown y la Fundación Bill y Melinda Gates calcula cómo se han visto afectados los diferentes niveles de empleo durante la pandemia hasta la fecha. Los resultados revelan que las órdenes de cierre por parte del gobierno devastaron a los trabajadores de la parte inferior de la cadena financiera, pero dejaron a los de la parte superior en mejor situación en realidad.

El análisis examinó los niveles de empleo en enero del 2020, antes de que el coronavirus se extendiera ampliamente y antes de que se aplicaran las órdenes de bloqueo y otras restricciones a la economía. Los comparó con las cifras de empleo del 31 de marzo de 2021.

La imagen que se desprende de esta comparación es la de la destrucción de la clase trabajadora.

El empleo de los trabajadores con salarios más bajos, definidos como los que ganan menos de $27,000 dólares anuales, se redujo en un enorme 23.6 % durante ese período. El empleo de los trabajadores con salarios medios, definidos como los que ganan entre $27,000 y $60,000 dólares, se redujo en un modesto 4.5 %. Sin embargo, el empleo de los trabajadores con salarios altos, definidos como los que ganan más de $60,000 dólares, aumentó un 2.4% durante el periodo de tiempo medido, a pesar de la agitación económica del país.

Los datos son condenatorios. Ofrecen otro recordatorio de que los cierres del gobierno perjudican más a los que menos pueden soportarlo. 

Algunos críticos sostienen que la pandemia y no los cierres gubernamentales, son la verdadera fuente de esta coacción económica. Aunque no cabe duda de que el propio virus desempeñó algún papel, los cierres gubernamentales fueron sin duda el principal factor. Es bastante intuitivo que ordenarle a la gente que no frecuente los negocios y criminalizar los sustentos de vida de las personas perjudicaría a la economía. Esta intuición está confirmada por estadísticas y estudios que así lo demuestran. Y no hay que olvidar el hecho de que los estados con fuertes confinamientos han tenido tasas de desempleo sistemáticamente mucho más altas que los estados que adoptaron un enfoque más laissez-faire.

Otros podrían insistir en que la mitigación de la propagación del COVID-19 lograda por los cierres justifica estas consecuencias económicas. Pero este argumento no tiene en cuenta los numerosos estudios revisados por expertos que demuestran que las órdenes de cierre no frenaron eficazmente la propagación de la pandemia, ni el hecho dolorosamente inconveniente de que la mayor parte de la propagación del COVID-19 no se produjo en los lugares de trabajo, los restaurantes o los gimnasios, sino en los hogares. (Lo que hace que las “órdenes de permanecer en casa” parezca un sorprendente error en retrospectiva).  

Así pues, todo lo que parece haber conseguido el bloqueo es, en el mejor de los casos, un leve retraso en la trayectoria de la pandemia a cambio de una serie de consecuencias letales imprevistas, como una crisis de salud mental y un aumento vertiginoso de las sobredosis de drogas. Y, como sabemos ahora, unas consecuencias económicas altamente regresivas para la clase trabajadora.

Por supuesto, es casi seguro que los investigadores de la Ivy League no tenían la intención de exponer las fallas de las medidas pandémicas por parte del desmedido gobierno cuando se pusieron a catalogar las estadísticas de empleo. Pero, como decía Adams, los hechos son tercos. 

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