Normalmente, para muchos, ganar en una discusión es todo. Sin embargo, Confucio deja ver que las personas realmente sabias, cuando conocen la verdad, no necesitan discutir ni competir con otros, e incluso son capaces de soportar humillaciones sin ira o angustia. Esto es lo que los hace sabios y nobles.

En su viaje por los reinos para difundir sus enseñanzas, Confucio vio un día a dos cazadores discutiendo con braveza. Les preguntó qué sucedía y se enteró que estaban discutiendo sobre un simple problema de aritmética. El cazador de estatura más baja decía que tres veces ocho era igual a veinticuatro, mientras que el cazador más alto decía que era veintitrés. Ambas partes insistían en que tenían razón, a punto de irse a los golpes. Finalmente, al estar Confucio presente, decidieron que un hombre sabio fuera el juez y que el ganador obtuviera toda la caza del perdedor.

Confucio (c. 551-479 BC) filósofo chino, pintura china del siglo XVII

Confucio le dijo al cazador de más baja estatura que entregase toda su caza al cazador más alto, porque era el perdedor. El cazador alto tomó su recompensa y se fue con felicidad. Por supuesto, el otro cazador no estaba satisfecho con el veredicto e increpó con enojo a Confucio: “Tres veces ocho es veinticuatro. Incluso un niño pequeño lo sabe. ¿Usted es un sabio y cree que es veintitrés? ¡Usted es un farsante!”.

Sonriendo, Confucio contestó: “Tienes razón en que tres veces ocho es igual a veinticuatro, esa es la verdad y ni siquiera los niños pequeños pelearían por esto. Si conoces la verdad y la mantienes, ya es suficiente. ¿Por qué discutes con alguien tan tonto sobre algo tan simple? Déjalo ir, puede que él haya ganado algo hoy, pero será tonto para siempre. Tú has perdido tu caza, pero has aprendido una buena lección”.

Al escuchar las sabias palabras de Confucio, el cazador no hacía más que asentir con su cabeza en silencio una y otra vez.

No hay necesidad de discutir sobre la verdad, ya que, frente a la verdad, las mentiras siempre finalmente se desintegran. Por eso, no es necesario discutir cuando a uno lo malinterpretan o culpan. Es mejor dar marcha atrás un poco y mantenerse calmo y en paz. Porque la verdad es como el oro que está enterrado en la suciedad, sólo aguarda allí su destino de brillar espléndidamente tarde o temprano.

Artículo publicado originalmente en la revista 2013 y más allá

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