Por Miriam Celaya – Cubanet

Cuando el 12 de enero de 2017 Barack Obama, entonces presidente saliente, derogó la política pies secos/pies mojados que había estado vigente desde 1995 -resultado de los acuerdos migratorios entre EEUU y Cuba tras la Crisis de los Balseros (1994)- las autoridades cubanas consideraron aquella decisión como “un paso importante” para el avance de las relaciones entre ambos gobiernos. Más aún, el entonces presidente cubano, Raúl Castro, se atribuyó el asunto como un mérito propio, resultado de las negociaciones secretas que su gobierno había sostenido con el vecino del Norte durante más de un año.

Hay que apuntar que hasta esa fecha -y aunque años atrás la parte cubana había aceptado en principio las condiciones propuestas por la administración Clinton sobre la devolución de los migrantes que fueran interceptados en el mar, algo a lo que anteriormente se negaba- desde 1995 la dictadura cubana se había pronunciado insistentemente contra existencia de aquella política que, según sostenía, incentivaba las migraciones ilegales desde la Isla poniendo en riesgo las vidas de miles de cubanos a la vez que provocaba la “fuga de cerebros”.

Por su parte, los cubanos dentro y fuera de la Isla reaccionaron virulentamente contra lo que consideraron una flagrante traición de Obama, a pesar que bajo ese gobierno se habían multiplicado las visas y que la entrada de migrantes de la Isla aumentó, muy especialmente desde que el anuncio del restablecimiento de relaciones entre nuestros dos países hizo cundir el temor -no del todo infundado- de perder los privilegios migratorios de los que habían gozado, incluida la Ley de Ajuste, vigente desde 1966.

Como referencia cabe señalar que solo en el año fiscal 2015-2016 cerca de 47 mil cubanos llegaron a EEUU, duplicando el número de los que habían arribado en el año fiscal anterior.

Pero, aunque la derogación de la política pies secos/pies mojados significó un duro revés para decenas de miles de cubanos cuya máxima aspiración era (y es) establecerse en EEUU, y a pesar de que el primer impacto, si bien no lo eliminó por completo, sí logró disminuir considerablemente el flujo de balseros desde Cuba, lo cierto es que, en los últimos meses, con énfasis desde el inicio del año 2021, la tendencia de escapar de la Isla por vía marítima va en aumento.

Las cifras no mienten. Si en el año 2018 fueron interceptados en el mar un total de 259 cubanos, en 2019 la cifra se elevó a 313. En 2020 -con el inicio de la pandemia de gripe china- hubo una pausa, cuando solo 49 cubanos fueron capturados en sus embarcaciones, mientras que en los meses transcurridos de este año fiscal 2021 ese número se ha incrementado más de seis veces, con 323 balseros atrapados hasta el momento.

El drama de este flujo migratorio viene acompañado de una fuerte dosis de tragedia y muerte, por lo que sigue acaparando titulares en numerosos medios de prensa internacionales. Recientemente trascendió el naufragio de una embarcación con 20 cubanos a bordo. Dos de ellos fueron encontrados muertos, flotando en el mar, 10 desaparecieron y solo ocho sobrevivieron, rescatados por embarcaciones del Servicio de Guardacostas estadounidense, por lo que eventualmente el colofón de su sacrificio será enfrentar la casi segura deportación a Cuba.

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El incremento del éxodo ilegal por mar a pesar de que ya los cubanos no cuenten con aquella prerrogativa que les permitía permanecer legalmente en EEUU y acceder a la residencia permanente solo con tocar el territorio de ese país, y la evidencia de que prefieran asumir la incertidumbre de vivir bajo un estatus de indocumentados, tal como el resto de los inmigrantes ilegales de otros nacionalidades que suman millones de almas en esa gran nación, confirma que las causas que empujan (también) a los cubanos a enfrentar la peligrosa travesía por mar, aún a riesgo para la vida, en pos de un sueño que no todos logran alcanzar, se encuentran exclusivamente en el fracaso del sistema sociopolítico impuesto en Cuba más de seis décadas atrás, en la crisis económica permanente que se deriva de ello, en la ausencia de libertades y derechos, así como en la represión inherente al régimen dictatorial.

Mientras, y a contrapelo del más elemental sentido común que indica que nadie escaparía de un país donde todo está bien, donde se hizo una revolución para los humildes, donde impera la justicia social y abundan las oportunidades de una vida mejor, las autoridades cubanas -ajenas a la realidad que se revela ante los ojos de todos, y con el cinismo que les es inherente-, continúan señalando a la Ley de Ajuste, al embargo y a las “provocaciones” de las diferentes administraciones estadounidenses como las causas que motivan la fuga.

Pero la verdad incontrastable es que los balseros cubanos, rehenes de la política a ambos lados del Estrecho de la Florida y manzana de la discordia entre posiciones extremas, son resultado directo del castrismo. Triste capítulo, inédito en nuestra historia anterior a 1959, ellos han existido desde los primeros años de la “revolución”, han surcado las aguas del Estrecho incluso antes de la existencia de la Ley de Ajuste y de la política de pies secos/pies mojados, y seguirán existiendo y entregándose al destino incierto del impredecible mar Caribe mientras haya una dictadura que nos impida a todos fabricar en Cuba nuestro propio sueño de prosperidad y democracia, No hay alternativa.

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