Por Marcelo Duclos – Panampost

Mientras el mundo comienza a recuperar algo de normalidad, Argentina se parece cada vez más a la extinta Alemania del Este. El impacto de la segunda ola, las nuevas cepas más complicadas y la lenta campaña de vacunación, hacen que los argentinos vean la libertad y la tranquilidad cada vez más lejos. Y como si fuera poco, a la pésima gestión de la pandemia a nivel nacional se le suma una oposición de terror. El jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, ahora mandará inspectores municipales a trabajar codo a codo con encargados y administradores de consorcios. La idea es que ellos, y algunos propietarios que no tuvieron la suerte de prestar servicio en la Stasi, se presten para denunciar a los vecinos que, por ejemplo, reciban a alguien en su departamento. El recuerdo del film alemán ‘La vida de los otros’ es inevitable.

Lo cierto es que esta no es la primera atrocidad proveniente del espacio de Juntos por el Cambio. Cabe recordar al gobernador radical de Jujuy, Gerardo Morales, cuando propuso marcar las casas de las personas que hayan dado positivo al hisopado, para que los vecinos sepan y controlen si salen de sus domicilios. Esa metodología, si hablamos de recuerdos nefastos de Alemania, incluso va un poco más lejos en el tiempo al período de la DDR… solo que justo unos añitos antes.

En una presentación junto a sus colaboradores, Larreta recordó que las reuniones sociales en domicilios están “prohibidas”, confirmó la presencia de su ejército municipal que se presentará “en cada consorcio” (a veces es grato saber que un político miente. Esto no se logrará no porque no quiera, sino porque no tiene la estructura para hacerlo, afortunadamente) y reiteró el número de teléfono para que los vecinos denuncien las supuestas irregularidades.

A ver, nadie en su sano juicio subestima el peligro del virus, mucho menos, con la gravedad que se presenta actualmente. Por lo tanto, es razonable que una persona no pueda festejar una fiesta en su domicilio con diez invitados en esta circunstancia. No hay dudas de esto. Ahora, que se genere un sistema de denuncias si entra la novia, la madre o un amigo en un departamento de alguien es escalofriante. En mi edificio, una desequilibrada mental llamó a la policía porque una vecina estaba cenando con su hijo dentro de su propiedad. Si uno no puede recibir a una o dos personas en su casa, sobre todo en estos momentos de encierro y angustia, debería preguntarse qué sentido tiene esta vida que nos hacen vivir.

Los riesgos existen desde el principio de los tiempos y no hay nada que hacer que pueda erradicarlos. Si prohibimos los automóviles, sin dudas que reduciríamos el índice de accidentes de tránsito. Si prohibimos las salidas nocturnas, también reduciríamos los casos de inseguridad. La aplicación de cinturones de castidad gubernamentales también arrojaría una merma en la transmisión de enfermedades sexuales. Si estas cosas nos suenan absurdas, deberíamos analizar las premisas de lo que proponen los gobernantes argentinos de todos los partidos. Nos llevaríamos una sorpresa.

Argentina vive días grises. A la pandemia que nos arruinó la vida a todos se le suma la desidia gubernamental nacional, que extenderá el suplicio por estos pagos. Y como si esto no fuera suficiente, desde el poder se incentivan las peores prácticas, que despiertan los lados más oscuros de muchas personas que, lamentablemente, parecen no ser minoría. Lo peor es que somos pocos quienes nos horrorizamos ante semejante barbaridad. Si alguien todavía no vio ‘La vida de los otros’, este fin de semana es una excelente oportunidad para hacerlo.

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