Por Agustina Sucri – La Prensa

De los 130.000 agentes de salud que hay en la Ciudad de Buenos Aires, hasta la fecha menos del 25% recibió la vacuna Sputnik V. La Asociación de Médicos Municipales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (AMM) lo atribuyó a la insuficiencia de dosis pero otros testimonios apuntan también a una resistencia silenciosa a recibir la vacuna entre miembros de la comunidad médica de todo el país.

«Hay hospitales donde no se ha vacunado a ningún colega, hablo fundamentalmente de los 32 hospitales de la Ciudad. En los monovalentes prácticamente no se ha vacunado. El déficit es grande en el número de vacunas”, advirtió en una entrevista con La Prensa el presidente de la AMM, doctor Jorge Gilardi.

Consultado sobre el porcentaje de médicos que han decidido no vacunarse con la Sputnik V, Gilardi aseguró que en los últimos 30 días se produjo un cambio: “Muchos colegas decían que iban a esperar, que querían saber más…el hecho de ser médico genera una serie de conocimientos y de dudas, que estaban bien. En ese momento la información era escasa y muchos decidieron esperar. Hoy, con una información mucho más certera, el pensamiento es distinto. La información médica llegó y esto da una tranquilidad y una conciencia de mayor seguridad”.

No obstante, reconoció que el factor etario también parece tener su peso al momento de decidir si vacunarse o no. “Sobre todo influyen las edades: hay gente de mediana edad que no está tan en contacto con pacientes infectados y esos médicos, a veces, plantean que van a esperar un poco y que dentro de dos años puede pasar otra cosa”.

«Pero hay otro grupo grande, en el que me incluyo, que decide vacunarse porque son dos riesgos. El mayor riesgo es el covid por una cuestión de edad, otros por comorbilidades. Es decir que es un poco heterogéneo aunque hubo un vuelco grande hacia la postura ‘yo que estoy en riesgo todos los días porque estoy viendo pacientes, prefiero vacunarme’”

Este último no es el caso del médico neonatólogo y pediatra Christian Donato (M.N. 113.104), quien trabaja tanto en el ámbito público como privado. “No me aplicaré ni esta ni ninguna de las vacunas. Las razones son muy contundentes, de peso, muy groseras: falta de información, falta de pruebas, falta de testeos, la existencia de un tratado de confidencialidad entre el Gobierno y las farmacéuticas, no saber cómo está compuesta la vacuna, no saber qué adyuvantes tiene… un montón de secretos que no son develados a los receptores de las vacunas, que seríamos nosotros, y por ende no sabemos qué nos están inoculando”, resumió.

La última semana se salió a festejar con bombos y platillos la publicación en The Lancet de los resultados provisionales de la fase III del estudio sobre la seguridad y eficacia de la vacuna Sputnik V, si bien la inmunización en el país de los profesionales de la salud -y algunos funcionarios públicos- ya había comenzado tiempo atrás. Muchos de ellos habrán suspirado aliviados.
Sin embargo, la publicación no ha logrado “convencer” a todos. “El artículo de The Lancet está totalmente sesgado. Si uno lo lee con detenimiento, puede advertir que no tiene ninguna validez científica, ya que el trabajo empieza hablando de un pool de participantes de aproximadamente 20.000 personas, divididas 15.000 (que recibieron la vacuna) y 5.000 (que recibieron placebo) para redondear. Y, para sacar los resultados (respecto de la respuesta inmune humoral) se tomó solo a un 3%. O sea que es una falacia aseverar que están estudiados los 20.000 casos”, remarcó Donato

Para el neonatólogo y pediatra, el trabajo tampoco ofrece garantías respecto de los potenciales efectos adversos de la vacuna pues fue demasiado corta la duración del estudio.

“No sabemos de acá a tres, seis meses o un año qué es lo que puede llegar a desencadenar esta vacuna, que más que vacuna es una inyección transgénica porque está vectorizada con ARN mensajero y puede modificar el ADN. Así que eso a futuro solo Dios sabe qué puede producir en un sistema inmune”, argumentó.

TEMORES

Tal vez el no querer vacunarse no sea solo una decisión de los más jóvenes. Donato comentó que muchos de sus colegas comparten la postura de optar por no aplicarse la vacuna aunque “son pocos los que lo dicen abiertamente”. “Los que están en esta misma posición se reservan la opinión por temor a represalias, cuando no debería ser así. Pero hay mucho temor a despidos o a que no los tomen en otros trabajos”, confesó.

Esta situación parece repetirse silenciosamente entre los profesionales de la salud. Así lo confirmó también la doctora Patricia Fernández, bioquímica y mágister en psicoinmunoneuroendocrinología por la Universidad Favaloro (M.P. 5.936), quien trabaja en el ámbito de la sanidad pública. “Son unos cuantos los que deciden no vacunarse. Pero hay gente que sí lo acepta. Lo que tendrían que hacer, como corresponde con un medicamento de prueba, es suministrarlo con consentimiento informado, por la ley de consentimiento informado que tenemos vigente en el país”, opinó.

«No se está diciendo que todavía no terminó la fase III. Eso sería fundamental: decirle a la persona que está formando parte de un experimento. No es una vacuna aprobada, sino que el Ministerio de Salud la autorizó de emergencia, sin estar terminada la fase III -que concluiría recién en mayo próximo-, mucho menos la fase IV”, se lamentó.
En ese sentido, aseguró que ella no se vacunaría hasta que no hayan pasado “por lo menos cinco años para ver los efectos sobre todo a mediano y largo plazo que pueda tener la vacuna”. “Tendríamos que esperar el tiempo que corresponde, porque por más que la tecnología haya avanzado, la máquina del tiempo todavía no la hemos inventado. Después de aplicar las vacunas, tenemos que respetar los tiempos de observación para ver si aparecen algunos efectos adversos que no han calculado”, insistió.

Respecto de qué medidas ha adoptado para protegerse del covid-19, Fernández enumeró: “Primero, no tener miedo, porque el miedo produce una inmunosupresión, más aún cuando es un miedo prolongado. Yo gestiono las emociones, para ello hago ejercicio moderado, meditación… cosas que favorecen el sistema inmune. En segundo lugar, es fundamental la nutrición: incorporar suficientes vitaminas, minerales, tomar un poco de sol, respirar aire puro, hacer una vida sana. Tomar líquido suficiente”.
Asimismo, tomando como referencia un estudio realizado en Wuhan con casi 10 millones de personas que concluyó que los asintomáticos tienen muy pocas chances de contagiar a los demás, la bioquímica consideró que medidas como el uso de tapabocas, el distanciamiento y el aislamiento “son innecesarias para las personas que no presentan síntomas y que no pertenecen a grupos de riesgo”.

INTERESES AJENOS A LA SALUD

Entre los médicos que no se aplicarán la vacuna también se encuentra el doctor Mario Mas, especialista en tocoginecología y medicina integrativa (M.P. 1.774), quien argumentó que no lo hará “porque (la vacuna) es un recurso que no está estudiado en profundidad y se han hecho estudios rápidos y de dudosa creencia en el marco general que vivimos, empujados por intereses ajenos a la salud”.

Al igual que Donato y Fernández, Mas resaltó que la Sputnik V “es un recurso hecho a partir de ingeniería genética, cuyos componentes se desconocen y hasta el momento no se han terminado de estudiar sus consecuencias a corto, mediano y largo plazo”.

«Si reconocemos que se está empleando una técnica nueva -de ingeniería genética- cuyas consecuencias no conocemos y cuyos inventores tiene inmunidad jurídica ante las posibles reacciones colaterales que pueda provocar y, por otra parte, estamos en presencia de una patología con baja morbi-mortalidad, para la que tenemos recursos más económicos y sin reacciones colaterales para prevenirla y tratarla adecuadamente ¿qué sentido tiene usar la vacuna en forma masiva?”, razonó.

Por último, Mas cuestionó que las campañas gubernamentales se hayan enfocado en insistir en el uso de barbijo, el aislamiento, el lavado de manos y las vacunas pero “se ha informado poco sobre cómo sanarnos y cómo el ser humano puede mejorar su sistema inmunológico”. “¿No será momento de estimular políticas de salud y salir del paradigma patogénico?”, interpeló para finaliza.

Bioética, la gran ausente

La posición del grupo de Epidemiólogos Argentinos Metadisciplinarios, que integro, ha sido coherente desde el inicio de este drama sociosanitario. Siempre nos mantuvimos fieles al método científico. Método que se fue gestando, desde Descartes, a partir de la duda sistemática y la actitud crítica; desde Bacon, implica además la validación experimental; y desde Popper y su falsacionismo, implica considerar la falsabilidad o refutabilidad, que es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan, es decir poder ser refutada.
Se puede usar este criterio para distinguir lo que es ciencia, de cualquier otro conocimiento que no lo sea. Desde el comienzo de esta pandemia (según mi criterio: una sindemia, tal como lo fundamenté en un escrito que te enviara hace unos meses), se observó un discurso único, inapelable, irrefutable, e irrebatible, emanado de la OMS, que, cuanto menos, fue confuso y carente de sustentabilidad científica sólida, tanto sobre los orígenes del SARCOV2, como sobre las primeras medidas recomendadas para enfrentar la crisis sociosanitaria. Prácticamente, durante un par de meses, no hubo protocolos de tratamiento de la COVID19, ni emanados de la OMS, ni de las CDCs estadounidenses. Solo apelaban al acetaminofén (paracetamol), desconociendo totalmente fármacos muy útiles y tradicionales para el tratamiento de las enfermedades respiratorias Llamativamente, toda la información planetaria sobre la enfermedad, se centralizó en una Universidad privada estadounidense, la John Hopkins y no en la OMS como debió haber sido. Lo que sí hizo la OMS, fue impedir la concreción de autopsias que hubieran permitido un conocimiento más acabado de la enfermedad, desde sus comienzos.
En nuestro país, las cosas se hicieron aún peor porque se determinó una cuarentena extemporánea, carente de toda fundamentación epidemiológica seria y terminó siendo la más prolongada del mundo, provocando daños enormes en el tejido socioeconómico de la república. Todo, según las autoridades, en atención a la espera de unas vacunas que iban a garantizar, antes de fin de año, lograr la inmunidad de rebaño. Se puso en marcha una formidable campaña mediática internacional que mostraba a las empresas farmacéuticas en una tarea “humanística” y “solidaria “en pos de salvar a la humanidad de este “terrible flagelo”, cuando hoy, la tasa de letalidad no es mucho mayor que la de la gripe estacional grave.
En realidad, asistimos más a una “pandemia” de PCRs positivos que se toman como casos de la enfermedad, aún a sabiendas de que dicho estudio (PCR) ha sido cuestionado, a través de diversos estudios, por autoridades médicas mundiales, por su escasa fiabilidad. Sin embargo, la realidad, que, según Aristóteles, es la única verdad, nos muestra que esa mancomunidad empresaria de la BIG PHARMA, de mediados de año, se revela -actualmente- como una fuerte disputa comercial. Y de nuevo en nuestro país esto se hace peor. Asistimos entonces a un verdadero festival de marchas y contramarchas en lo que respecta a contratos con los proveedores de vacunas.
Todo esto ha creado una enorme desconfianza en la gente, la que a pesar del miedo infundido durante meses se muestra preocupada y reticente a vacunarse con vacunas que se han ido autorizando de emergencia y que por lo tanto no han cumplido (ninguna) lo que se denomina la cuarta fase, que significa evaluar los resultados en el mediano y largo plazo. Además, no se han considerado debidamente los efectos de las vacunas en la población de mayor riesgo frente a la COVID19, como son las personas mayores de 65 años, con comorbilidades. Si a esta situación, le agregamos el hecho, poco difundido, de la existencia de un arsenal terapéutico, que ha ido aumentando con los meses, como, por ejemplo, los AINEs, la ivermectina, la hidroxicloroquina, el ibuprofenato de sodio, los anticoagulantes de nueva generación, el suero equino, la dexametasona, la bromhexina, etc., algunos de ellos ya autorizados o en vía de autorización por la ANMAT, se empiezan a poner las cosas en blanco sobre negro en lo que respecta al control de esta pandemia.

PRUDENCIA
Dicho esto, quiero manifestar que mi actitud personal frente a la vacunación no es la de antivacunas, ni de negacionista de la enfermedad, ya que tengo una buena formación científica que me lo impide. Por lo contrario, hemos defendido, en su momento, la necesidad de propiciar la autonomía sanitaria y vacunatoria, ya que existen en el país y en el mundo, proyectos serios y responsables sobre vacunas que utilizan tecnología tradicional (incluso se podrían administrar de forma oral), y no las de nueva tecnología que utilizan ARNm, tecnología aún no probada debidamente, ni para el tratamiento del cáncer, como fue su uso inicial, ni para el uso como vacunas, que a mi juicio pretenden transformarse en vacunas de amplio espectro para una variedad de distintos virus (hace años que se viene estudiando esta posibilidad).
Como médico clínico y geriatra (de 67 años), con 40 años de experiencia en el cuidado y asistencia de personas mayores, mi obligación ante el conocimiento de todos estos hechos, es la de recomendar prudencia ante la decisión de vacunarse. Conviene esperar unos meses para ver la evolución de quienes ya han sido vacunados, respetando -por supuesto- las medidas básicas, como el lavado de manos, el uso racional del barbijo (cuando uno tiene sintomatología o está en lugares concurridos) y el auto aislamiento si uno presenta alguna sintomatología como resfrío o tos), tal como se ha hecho -durante años- frente a las epidemias graves de gripe estacional, que también han llegado a colapsar a efectores de salud en algunas ciudades del país.
Esta actitud sensata no es una decisión aislada, ya que, si uno observa distintas encuestas hechas en los países desarrollados, todas muestran que 1 de cada 3 empleados de hospitales y centros de salud rechazarían la inmunización por vacunación ante la COVID 19. De todas maneras, de tomar la decisión de vacunarme, prefiero la utilización de la vacuna rusa sputnik V porque es una vacuna de tipo tradicional, que utiliza adenovirus humanos modificados genéticamente y desactivados, no utilizando ARMn (sintético), como las de PFIZER y MODERNA, que transforman a las células en verdaderas “fábricas virtuales” de antígenos virales, pretendiendo estimular así al sistema inmunitario con antígenos virales creados por nuestras mismas células.
En fin, creo que toda esta tecnología médica que involucra a nuestro ADN, y por ende al futuro de nuestra especie, no debería estar en manos exclusivas de compañías privadas que tienen al lucro como su principal motivación. Lamentablemente he visto a la bioética ausente en todo este proceso pandémico y eso me preocupa más que las vacunas.
Dr. Luis Mario Fernández Risso

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