Fuente: mentealternativa.com

Por Richard Poe

La mayoría de los patriotas están de acuerdo en que estamos luchando contra algo llamado “globalismo”.

¿Pero qué es?

Ante todo, es un invento británico.

El globalismo moderno nació en la Inglaterra victoriana, y posteriormente fue promovido por los socialistas fabianos británicos.

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Ahora es el sistema de creencias dominante en el mundo actual.

George Orwell lo llamó Ingsoc.

En su novela Nineteen Eighty-Four, Orwell predijo un futuro en el que el Imperio Británico se fusiona con Estados Unidos para formar Oceanía, un superestado impulsado por una ideología maligna llamada Ingsoc (abreviatura de English Socialism).

La distopía de Orwell se basaba en su conocimiento de los planes globalistas reales.

“Federación del mundo”

A medida que el poder británico se expandía en el siglo XIX, el dominio mundial parecía inevitable.

Los administradores imperiales trazaron planes para un mundo unido bajo el dominio británico.

La clave para que funcionara era unir fuerzas con Estados Unidos, tal y como describía Orwell en su novela.

Muchos anglófilos de Estados Unidos estaban más que dispuestos a seguir este plan.

“Somos una parte, y una gran parte, de la Gran Bretaña que parece tan claramente destinada a dominar este planeta…”, decía con entusiasmo The New York Times en 1897, durante las festividades del Jubileo de Diamante de la reina Victoria.

En 1842, Alfred Tennyson -que pronto se convertiría en el poeta oficial de la reina Victoria- escribió el poema “Locksley Hall”. En él imaginaba una época dorada de paz, bajo la “ley universal”, un “Parlamento del hombre” y una “Federación del mundo”.

Las palabras de Tennyson prefiguraron la Sociedad de Naciones y la ONU. Pero Tennyson no inventó estos conceptos. Se limitó a celebrar los planes que ya estaban en marcha entre las élites británicas.

Generaciones de globalistas británicos han apreciado el poema de Tennyson como si fuera la Sagrada Escritura. Winston Churchill lo elogió en 1931 como “la más maravillosa de las profecías modernas”. Calificó la Sociedad de Naciones como el cumplimiento de la visión de Tennyson.

El imperialismo liberal

Otro líder británico influido por el poema de Tennyson fue el filósofo John Ruskin.

En su primera conferencia en Oxford en 1870, Ruskin electrizó a los estudiantes al declarar que el destino de Gran Bretaña era “Reinar o morir”: gobernar el mundo o ser gobernado por otros.

Con estas palabras, Ruskin dio origen a una doctrina que pronto se conocería como “imperialismo liberal”; la noción de que los países “liberales” deberían conquistar a los países bárbaros para difundir los valores “liberales”.

Un nombre mejor sería “imperialismo socialista”, ya que la mayoría de las personas que promovieron este concepto eran en realidad socialistas.

Ruskin se autodenominó “comunista” antes de que Marx hubiera terminado de escribir Das Kapital.

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En opinión de Ruskin, el Imperio Británico era el vehículo perfecto para difundir el socialismo.

El socialismo de Ruskin estaba extrañamente mezclado con el elitismo. Exaltaba la superioridad de las razas “del norte”, con lo que se refería a los normandos, celtas y anglosajones que construyeron Inglaterra. Veía a la aristocracia -y no al pueblo llano- como la encarnación de la virtud británica.

Ruskin también era ocultista y (según algunos biógrafos) pedófilo. En estos aspectos, sus excentricidades se asemejan a las que todavía están de moda en ciertos círculos globalistas.

The Rhodes Trust

Las enseñanzas de Ruskin inspiraron a una generación de estadistas británicos.

Uno de los más devotos de Ruskin fue Cecil Rhodes (1853-1902). Cuando era estudiante, Rhodes escuchó la conferencia inaugural de Ruskin y escribió una copia de la misma, que conservó durante el resto de su vida.

Como estadista, Rhodes promovió agresivamente la expansión británica. “Cuanto más mundo habitemos, mejor será para la raza humana”, decía.

En su testamento, Rhodes dejó una fortuna para promover “el dominio británico en todo el mundo”; la federación de todos los países de habla inglesa; y “la recuperación definitiva de los Estados Unidos de América como parte integrante del Imperio Británico”.

Se suponía que todo esto conduciría a “la fundación de una potencia tan grande que en adelante haría imposibles las guerras y promovería los mejores intereses de la humanidad”, concluyó Rhodes en su testamento.

Así, la paz mundial se alcanzaría a través de la hegemonía británica.

En la década de 1890, la mayoría de los dirigentes británicos estaban de acuerdo con Rhodes.

La Mesa Redonda

Tras la muerte de Rhodes en 1902, Alfred Milner se hizo cargo de su movimiento, creando grupos secretos de “Mesa Redonda” para hacer propaganda de una federación mundial de países de habla inglesa.

En cada país objetivo -incluido Estados Unidos- los “Round Tablers” reclutaron a líderes locales para que actuaran como “cabras de Judas”. Una cabra de Judas es un animal entrenado para llevar a otros al matadero.

De hecho, la Mesa Redonda estaba llevando a la gente a una matanza literal. Se esperaba la guerra con Alemania. La Mesa Redonda buscó el compromiso de cada colonia de habla inglesa para enviar tropas cuando llegara el momento. Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Sudáfrica aceptaron.

La Primera Guerra Mundial empujó al mundo hacia el globalismo, dando lugar a la Sociedad de Naciones.

Esto fue por diseño. Diseño británico.

Generaciones de escolares han aprendido que Woodrow Wilson fue el padre del globalismo. Pero los “ideales” de Wilson se los dieron los agentes británicos.

La guerra que acabará con la guerra

El 14 de agosto de 1914 – sólo 10 días después de que Inglaterra declarara la guerra – el novelista H.G. Wells escribió un artículo titulado “La guerra que acabará con la guerra”. “[E]sta es ahora una guerra por la paz…”, declaró. “Tiene como objetivo un acuerdo que pondrá fin a este tipo de cosas para siempre”.

Wells publicó una versión en libro de “La guerra que acabará con la guerra” en octubre de 1914. Escribió: “Si los liberales de todo el mundo… insisten en una conferencia mundial al final de este conflicto… pueden… establecer una Liga de la Paz que controle el globo”.

Wells no inventó la idea de una “Liga de la Paz”. Simplemente estaba promoviendo la política oficial británica. Wells era un agente secreto de la Oficina de Propaganda de Guerra de Gran Bretaña (conocida como Wellington House).

Agentes británicos en la Casa Blanca

Los líderes británicos comprendieron que su Liga de la Paz nunca funcionaría sin el apoyo de Estados Unidos. Por esa razón, la inteligencia británica hizo esfuerzos especiales para penetrar en la Casa Blanca de Wilson, lo que resultó sorprendentemente fácil.

El asesor más cercano de Wilson era el “coronel” Edward House, un tejano con fuertes lazos familiares con Inglaterra.

Durante la Guerra de Secesión, el padre de House, de origen británico, hizo fortuna como corredor de bloqueos, intercambiando algodón por municiones británicas, para armar a las tropas rebeldes.

El joven Edward House y sus hermanos asistieron a internados ingleses.

Mientras asesoraba al presidente Wilson, el coronel House trabajó estrechamente con espías británicos, especialmente con Sir William Wiseman, el jefe de la estación estadounidense del Servicio Secreto de Inteligencia (SIS) de Gran Bretaña. House, Wiseman y Wilson se convirtieron en íntimos amigos, e incluso se fueron de vacaciones juntos.

La idea de una “Liga de Naciones” provino de Sir Edward Grey, Secretario de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña. En una carta del 22 de septiembre de 1915, Grey preguntó al coronel House si se podía convencer al presidente de que propusiera una Sociedad de Naciones, ya que la idea sería mejor recibida viniendo de un presidente estadounidense.

Cuando Wilson asistió a la Conferencia de Paz de París en 1919, Wiseman y House estaban cerca, guiando todos sus movimientos, junto con un grupo de otros funcionarios británicos y estadounidenses, todos comprometidos con la agenda globalista, y muchos vinculados directamente a la Mesa Redonda.

La relación especial

El ex oficial del SIS John Bruce Lockhart llamó más tarde a Wiseman “el más exitoso ‘agente de influencia’ que los británicos hayan tenido jamás”. El historiador británico A.J.P. Taylor escribió que “Él [Wiseman] y House hicieron realidad la “relación especial””.

Muchos historiadores sostienen que la “relación especial” entre EE.UU. y el Reino Unido sólo comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, con la creación de la OTAN y la ONU. Sin embargo, Taylor señala correctamente que las semillas de la “relación especial” se plantaron antes, en la Conferencia de Paz de París de 1919.

En París, los funcionarios estadounidenses y británicos acordaron secretamente coordinar sus políticas para que ambos países actuaran como uno solo. Se crearon dos think tanks para facilitarlo, Chatham House (Reino Unido) y el Consejo de Relaciones Exteriores (Estados Unidos).

Para gran aflicción de los globalistas británicos, el Senado estadounidense se negó a unirse a la Sociedad de Naciones. Fue necesaria otra guerra mundial -y el talento persuasivo de Winston Churchill- para que Estados Unidos se incorporara finalmente al gobierno mundial, a través de la OTAN y la ONU.

Winston Churchill, padre del globalismo moderno

La visión de Churchill sobre el gobierno mundial era curiosamente similar a la de Cecil Rhodes y la Mesa Redonda. Churchill pedía una “organización mundial” respaldada por una “relación especial” entre los países de habla inglesa.

El 16 de febrero de 1944, Churchill advirtió que “a menos que Gran Bretaña y Estados Unidos se unan en una relación especial… en el ámbito de una organización mundial, se producirá otra guerra destructiva”. En consecuencia, el 24 de octubre de 1945 se fundó la ONU.

Sin embargo, la ONU no era suficiente. Cecil Rhodes y la Mesa Redonda siempre habían mantenido que el verdadero poder detrás de cualquier gobierno mundial debía ser una unión de pueblos de habla inglesa. Churchill repitió este plan en su discurso del “Telón de Acero” del 5 de marzo de 1946.

Churchill advirtió que la ONU no disponía de una “fuerza armada internacional” ni de bombas atómicas. Por lo tanto, los Estados Unidos deben unirse a Gran Bretaña y a otros países de habla inglesa en una alianza militar, argumentó Churchill. Ninguna otra fuerza podría detener a los soviéticos.

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“Asociación fraternal de los pueblos de habla inglesa”

Churchill declaró que la “organización mundial” era inútil sin “la asociación fraternal de los pueblos de habla inglesa. Esto significa una relación especial entre la Commonwealth y el Imperio británicos y los Estados Unidos”.

Las palabras de Churchill condujeron al Tratado de la OTAN de 1949 y al acuerdo de los “Cinco Ojos”, que agrupa los esfuerzos de inteligencia de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Paso a paso, Churchill nos acercó cada vez más al superestado global que Orwell llamó Oceanía.

Autodenominado “anarquista tory”, Orwell odiaba el comunismo soviético. Si hubiera querido, podría haber escrito Diecinueve Ochenta y Cuatro como una especie de Amanecer Rojo británico, con Inglaterra gimiendo bajo la ocupación soviética. Pero ese no era el mensaje de Orwell.

Orwell advirtió de un peligro más cercano. Advirtió sobre los globalistas británicos y su plan para una unión de países de habla inglesa impulsada por la ideología Ingsoc.

En muchos aspectos, el mundo que habitamos hoy es el mundo que Orwell previó.

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