Por Marcelo Duclos – Panampost

El capitalismo de amigos es un sistema nefasto. Genera una casta empresarial que se consolida ocupando posiciones dominantes vitalicias en el “mercado”. El Gobierno que los permite y fomenta, que puede ser populista de izquierda o derecha, usa a sus amigos-socios empresarios como excusa y ejemplo para mostrar que no fomentan un Estado totalitario, sino que hay espacio para la iniciativa privada. Lo cierto es que se trata de un modelo tenaza que aprieta y estruje al ciudadano de a pie e impide el desarrollo de los honestos emprendedores, que quieren producir sin sociedades espurias con la burocracia parasitaria. El caso de la Sputnik V argentina merece una reflexión en este sentido.

Laboratorios Richmond estará a cargo de la fabricación local de la vacuna rusa, y su titular, Marcelo Figueiras, se encuentra por estas horas en Moscú, donde aguarda por la autorización definitiva de la “Sputnik -V.I.D.A” para la producción masiva Made in Argentina. El empresario farmacéutico, con el pecho inflado, aprovechó para hacer unas declaraciones que, a simple vista, podrían sonar bonitas y patrióticas. Pero si somos honestos intelectualmente tenemos que reconocer que sus palabras son una hipocresía total y absoluta. Figueiras manifestó:

“El proyecto de fabricación de la vacuna Sputnik- V.I.D.A resume el país con el que yo sueño, un país con esperanza y desarrollo. Y garantiza un futuro de abastecimiento”. Figueiras puede soñar con lo que tenga ganas. Pero lo cierto es que el modelo político y económico actual no ofrece ninguna esperanza. De seguir en esta dirección, Argentina empeorará todos sus índices, crecerá la pobreza, la indigencia, la inflación y se convertirá en una villa miseria. No es cuestión de voluntarismo. Es matemática pura y ciencia. Confiar en los “sueños” y la “esperanza” con este modelo actual sería lo mismo que cerrar los laboratorios como el de Figueiras para confiar en que las enfermedades a las que ellos combaten se vencerán con “buena onda” y “fe”.

En Argentina no se puede emprender, no se puede ganar dinero, no se puede contratar ni trabajar en paz. Argentina tiene una de las peores monedas del mundo (hasta el punto que es válida la discusión si se trata de una moneda o no), producto del déficit permanente de un Estado descomunal, que saquea recursos indiscriminadamente. Los sindicatos, socios de esa casta política, parecen no percibir que muy pronto no tendrán trabajadores a los que parasitar, ya que la torta a repartir es cada vez más chica. Las regulaciones, los impuestos y la legislación laboral decretan la imposibilidad total de la concreción del sueño del presidente de Laboratorios Richmond.

Recientemente, el empresario cordobés Agustín Spaccesi, hizo públicas las peripecias a las que el Estado lo sometió a la hora de querer abrir una heladería con cuatro empleados. Entre las regulaciones nacionales, provinciales y municipales, el pequeño emprendimiento necesita sortear 31 trabas prohibitivas, muchas de las cuales son delirantemente absurdas. ¿Quién puede pensar que una Pyme puede dar siquiera los primeros pasos en este contexto? Paradójicamente, las autoridades políticas se llenan la boca hablando de “los que menos tienen”, mientras generan un modelo estático donde unos pocos empresarios amigos hacen los negocios.

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Nadie le pide a Figueiras que se sacrifique por la moralidad y la honestidad intelectual. Nadie le solicita que denuncie el sistema que hoy lo favorece y se inmole. Ni siquiera le recriminamos cuando le abrió la fábrica a Cristina Kirchner hace una década para que hiciera su circo el día de la inauguración de la planta ampliada. Pero sí podría tener un poquito de dignidad, hacer su negocio, cobrar sus cientos de millones, fabricar la vacuna Sputnik V argentina y callarse la boca.

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