Por Orlando Avendano – El American

Nada ha cambiado en Cuba. Nunca nada ha cambiado en Cuba. Por ejemplo, Reinaldo Arenas le gritó al mundo en 1992 que en la isla los cubanos vivían la opresión de una implacable dictadura, que perseguía a disidentes políticos o lo que, para la cúpula, eran disidentes morales (homosexuales u otros).

Menciono a Reinaldo Arenas porque su grito fue el más dramático, pero el escritor solo es el símbolo de cinco años de persecución, ese maldito quinquenio, contra el mundo libre, el de las artes. Persecución porque ahora el arte, aquello con lo que coqueteó Fidel por tanto y que tanto provecho le sacó, le era incómoda. La respuesta fue la prohibición, la cárcel, las torturas y hasta la muerte.

Y no importa, claro, que esa haya sido la realidad de la isla, denunciada con fuerzas en Antes que anochezca. La voz de Arenas igual fue desoída. Pasaron los años y los artistas de Hollywood siguieron visitando la isla, como europeo sobre un Jeep que admira la belleza de los leones o la altura de las jirafas. Un zoológico, miserable, al final, fue en lo que se convirtió la isla. Alcahueteado por esos artistas que en los que Reinaldo Arenas no encontró eco.

Por un lado los artistas, por otro lado los políticos. A Obama, por ejemplo, solo le importaron los aplausos del vanidoso y arrogante mundo de las Ivy League o las academias europeas. El deshielo, aunque viniera acompañado de una sentada junto al dictador a disfrutar un partido de baseball, era laudable. El deshielo, aunque solo representara un alivio económico para la cúpula comunista, pero nada de libertades para los cubanos, era laudable. A Obama lo elogiaron y a Trump, que pidió primero democracia antes que apretones de manos, lo crucificaron.

A Trump lo crucificaron los medios, por supuesto. Y ahora ha vuelto a hablar la prensa, con esa misma prepotencia de académico progre de Harvard que admira la Revolución desde la comodidad de su apartamento en The Village. Dicen los medios, eufóricos, que las cosas están cambiando en Cuba. Que ahora que Raúl Castro se retira, según lo anunció en el VIII Congreso del Partido Comunista, se sienten vientos de cambio. “El fin de una era”, dice el Washington Post.

¿La era de qué? El castrismo no era Fidel, el castrismo no es Raúl. El castrismo es Miguel Díaz-Canel, el sucesor de Raúl; es el Partido Comunista cubano; son los militantes, los policías. Es la represión, la persecución contra los disidentes, la falta de internet libre. El castrismo es el sistema. Esa era empezó el primero de enero de 1959 y no ha terminado.

Nada ha cambiado en Cuba. Nunca nada ha cambiado en Cuba y puede que nunca nada cambie. Nada cambiará, al menos, hasta que la Casa Blanca no se case con la voluntad de que los cubanos merecen ser libres. Hasta que Europa deje de ver a la isla como un paraíso tropical y tierra fértil para hoteles de lujo que solo usarán los europeos o americanos. Nada cambiará hasta que el último cubano sea libre. Entonces, podremos hablar de una nueva era.

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