El Premio Nobel de la Paz Barack Obama dejó al mundo un legado de muerte, destrucción, “caos programado”, intentos de golpe de Estado en Bolivia en 2009 y Ecuador en 2010, golpe “institucional” en Honduras en 2009, “Express Golpe” en Paraguay en 2012 y los intentos de desestabilizar a los gobiernos de Bolivia, Ecuador, Venezuela y Brasil. En el 2008, el candidato antibelicista, Barack Obama, prometió acabar con la política guerrerista norteamericana, pero apenas elegido olvidó sus promesas electorales. Durante su presidencia ordenó bombardear siete países: Afganistán, Irak, Paquistán, Somalia, Yemen, Libia y Siria superando, según el portal PunditFacts, la hazaña de George W. Bush que hizo sangrar a cuatro países: Afganistán, Irak, Paquistán y Somalia.

Ya no es ningún secreto que las organizaciones terroristas como el Estado Islámico, Al Qaeda, Frente al Nusra etc., son creaciones de los servicios de inteligencia norteamericanos al mando de Bush y Obama. La supuesta lucha de Washington contra estas formaciones es una simple mentira pues el exsecretario del Departamento de Defensa estadounidense, Leon Panetta reveló en octubre de 2014 que la guerra contra el Estado Islámico durararía hasta 2044, es decir el tiempo calculado por Washington para lograr “balcanizar” a todo Medio Oriente dividiendo cada país en varios, incluyendo a Arabia Saudita para lograr su completa hegemonía en la región y haciendo sacar de la región a los rusos y chinos.

En el Medio Oriente se acaba la sonrisa y amabilidad de Obama y aparece un líder imperial brutal que no se inmuta frente a más de 300.000 sirios muertos debido al “caos organizado” promovido por Washington en este país, víctima de las ambiciones norteamericanas que datan desde 1776. El 4 de julio de aquel año fue lanzada la Declaración de Independencia donde se anunció que “En el curso de los eventos humanos se hace necesario para algunos pueblos disolver uniones políticas que conectaban unos a otros”. De allí Norteamérica empezó su política de cambiar las fronteras en los países según su interés nacional.

Unos 204 años después, el Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano (CFR) elaboró el Proyecto 1980: “La Desintegración controlada y el desmantelamiento de las concentraciones industriales científicas avanzadas en el mundo” para tomar el control sobre la economía global. Todos los presidentes norteamericanos desde Ronald Reagan habían seguido las pautas de aquel proyecto incluyendo a Barack Obama, quien en el caso de Medio Oriente, se convirtió en el propulsor más efectivo de la propagación del fundamentalismo islámico para terminar con los estados nación en la región y recién después levantar su espada contra el fundamentalismo islámico.

El gobierno de Barack Obama tampoco perdió el tiempo en Europa haciendo todo lo posible para prevenir una posible alianza entre la Unión Europea y Rusia, que en el futuro podría perjudicar seriamente las ambiciones imperiales norteamericanas. Washington lanzó una campaña sofisticada contra Rusia que incluía sanciones económicas y financieras, guerra mediática y los intentos de presiones militares haciendo rodear a Rusia de bases militares para “subyugarla”, según el presidente Vladímir Putin, quien advirtió también al presidente Obama que “nadie a lo largo de la historia logró hacerlo ni lo hará”. A la vez, los 17 servicios de inteligencia estadounidenses hicieron su servicio sucio en la Unión Europea para llenarla de bases militares y calumniar a los dirigentes que se pronunciaban contra una nueva Guerra Fría en Europa. Además su administración espió de manera ilegal a Angela Merkel y otros grandes dirigentes europeos, lo que resultó en un escándalo de proporciones mayúsculas durante su presidencia.

A nivel nacional, el sonriente y bueno de Obama que durante su campaña electoral prometió una eficaz reforma migratoria, ordenó la deportación de unos tres millones de indocumentados convirtiéndose así en el presidente que más ha deportado a los inmigrantes en la historia de la existencia de EE.UU. La recuperación económica norteamericana que los medios globalizados de comunicación están propagando diariamente, incluyendo la reducción del índice de desocupación durante la presidencia de Obama del 12 al 5 por ciento, representa una real mentira y desinformación. Según el informe de US-CNS News, 94,5 millones de estadounidenses (37.6 %) en edad laboral están desocupados. Los estudiosos E. Brynjolfson y A. McAffe señalaron en su libro “Race Against the Machine” (2012) que en la última década el coeficiente de ocupación se ha reducido del 64 al 58 por ciento.

El Centro para las Familias Desamparadas (National Center for Family Homelessness) anunció en 2015 que unos tres millones de niños norteamericanos viven en refugios, en la calle o en los coches. El crecimiento económico de EEUU en 2015 era alrededor del 2 por ciento. En 2015, el Bureau of Labor Statistics advirtió que hubo un declive en la ganancia anual de la clase media en 2015 que variaba del 1.7 por ciento para los que ganaban 197 mil dólares al 17.1 por ciento de los empleados cuyo sueldo bajó entre 2000 y 2015 de 14.092 a 11.676 dólares al año.

Barack Obama, presidente de EEUU

Esta lista de los “éxitos” del gobierno de Barack Obama podría ser infinita si incluimos las deudas de los estudiantes universitarios, la mayor población carcelaria en el mundo de 2,3 millones de presos de los cuales uno de cada 10 están en las prisiones privadas donde pagan, como en la cárcel bautizada “Angola de Luisiana”, entre 4 a 20 centavos la hora de trabajo a 18.000 presos. También en esta época de Obama, se observa el declive de la clase media.

Censura periodística durante el gobierno de Barack Obama

En la última cena anual que celebró Barack Hussein Obama con la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca en 2015, reinaba un ambiente de bromas, sonrisas, amabilidades, alabanzas, especialmente comentarios humorísticos en alusión a Donald Trump, pero no se tocaron o ni siquiera mencionaron, los problemas que están afrontando Norteamérica y el mundo entero. Y no podía ser de otra forma, pues para cubrir la Casa Blanca, los periodistas tienen que estar alineados completamente con el sistema corporativo globalizado que no acepta cuestionamientos o preguntas complicadas.

Antes de cada reunión o conferencia de prensa en el palacio de Gobierno, los asesores del presidente dan una revisión a las preguntas de los corresponsales o simplemente indican qué es lo que se puede preguntar y qué temas hay que evitar. La única periodista a la que no lograron “domar” fue a Helen Thomas, quien durante 50 años fue la piedra en el zapato de más de un presidente norteamericano, ella hizo enojar a Dwight Eisenhower en los últimos años de su presidencia (1953-1961) y hasta Barack Obama, especialmente en el 2010 al preguntarle “¿cuándo va a salir EEUU de Afganistán?”. Nadie sabe qué ocurrió, pero unas horas más tarde Helen Thomas anunció su despedida, frustrada con el sistema y con sus colegas que ya consideraban sus preguntas como “absurdas” y “sacadas de la nada”.

El sistema norteamericano simplemente consideró que ya no necesitaba más a esta incómoda corresponsal a la que utilizaban para mostrar que los norteamericanos estaban viviendo en una democracia, pues a nadie le interesa este tema y ni al mismo sistema que al llegar a un nivel superior del cinismo ya no le servía lo que representa la democracia. Sucedió precisamente durante la presidencia de Barack Obama, el primer presidente afroamericano en la historia de EEUU, alabado por la prensa globalizada al servicio de los “iluminados” corporativos. Así se deshicieron de Helen Thomas de cuya cobertura de la Casa Blanca nacieron seis libros sobre el periodismo y la política y a la que mostraron como una institución en el tema. También desde la presidencia de George W. Bush (2001 — 2009) y durante el gobierno de Barack Obama más de 15.000 periodistas veteranos de investigación y opinión perdieron su trabajo por incomodar al sistema en manos de las transnacionales que buscan el dominio del mundo. La crema y nata de los hombres de prensa norteamericanos han sido desprestigiados, encarcelados, “suicidados”, deportados bajo cargos improbables y al final simplemente despedidos sin mayor explicación pues ningún medio los podía, ni puede defender.

Para muestra un botón. En el 2013, Barack Obama admitió la vigilancia de más de 100 reporteros y editores de Associated Press (AP). En el mismo año, el famoso periodista de investigación Michael Hastings, quien cubrió intensamente la invasión de Irak, Afganistán, escribió el artículo “Why democrats love to spy on americans” y preparaba un artículo sobre la CIA, murió en un extraño accidente automovilístico.

En el 2014, el reportero crítico de Obama, Dominic Di-Natale, del Fox News West Coast, que cubrió la supuesta muerte de Bin Laden por parte de las fuerzas especiales Seal, murió extrañamente un día después de que el senado norteamericano presentara un informe sobre la torturas de la CIA. El 12 de febrero del 2015 tres periodistas murieron en el transcurso de 24 horas, todos ellos estaban preparando juntos un documental sobre “La verdad del Atentado 9/11” (muy llamativo para redes sociales). Se trata de Net Colt quien sufrió un ataque al corazón; Bob Simón en un accidente de carro y David Carr del New York Times quien colapsó horas después de entrevistar a Edward Snowden. La lista es larguísima.

La prensa globalizada, según el ensayo de James Tracy “La Guerra, la Propaganda de los Multimedios y el Estado Policiaco” es manejada por una elite privilegiada. Actualmente en EEUU seis corporaciones gigantes (GE, News Corporation, Disney, Viacom, The Warner, CBS) controlan el 90 por ciento de la información que reciben los norteamericanos, obteniendo más de 200 mil millones de dólares al año. La elite la constituyen 232 ejecutivos que deciden qué es lo que debe saber y ver el público. Lo mismo sucede en la Unión Europea donde la industria global de telecomunicaciones, igual como en Norteamérica, está bajo el control de la poderosa Agencia de Seguridad Nacional norteamericana (NSA) que tiene sus ramificaciones y poder también en Latinoamérica.

Por eso no es de extrañar que nadie de la prensa globalizada se atreviera a cuestionar la reciente declaración de Obama publicada en The Washington Post indicando que “América debe mandar. Otros países deben seguir las reglas establecidas por América y nuestros socios”. Dijo también que “el mundo y las reglas cambian y es Estados Unidos y no países como China, quien debe escribirlas”. No dijeron ni pío sobre esta frase del presidente los periodistas globalizados norteamericanos, ellos al igual que Obama, son peones del mismo sistema y se diferencian solamente en el grado de jerarquía. Para ellos el presidente tiene el 53 por ciento de aprobación, según Gallup, dice que supera el promedio de los presidentes poco antes de concluir su mandato que es de 47 por ciento y en especial el índice de la popularidad de George W. Bush que al salir en el 2008 era 28 por ciento.

Todo cambió con Trump

Pero esta situación cambió con la llegada de Donald Trump al poder. Estados Unidos dejó de ser cómplice de una de las amenazas globales más peligrosas del mundo, como lo es la organización del régimen iraní, Hezbolá; y también se olvidó de la apertura con regímenes comunistas-socialistas violadores de derechos humanos.

De hecho, además de cortar con el acuerdo nuclear de Irán, una de las investigaciones que se reactivó con Trump en el poder fueron las tramas financieras de altos dirigentes chavistas con Hezbolá. Uno de los primeros miembros del régimen chavista sancionado fue Tareck El Aissami, quien es el principal nexo entre Venezuela y Hezbolá.

Otra investigación, mucho más reciente, fue la que determinó que Nicolás Maduro, con el cartel de los soles, capitanea una organización narcoterrorista que tiene como objetivo «inundar a los Estados Unidos con cocaína», tal y como espetó el fiscal general Barr el pasado 26 de marzo. Esta investigación ya de por sí era una tarea difícil, por eso duró tantos años. Pero, además, tuvo que verse perjudicada por la burocracia de la administración Obama que no quería ver afectada sus agendas con Cuba e Irán.

Así que se puede decir más fuerte, pero no más claro: si Trump no fuese presidente de los Estados Unidos, esta imputación por narcoterrorismo al régimen de Maduro, jamás iba a llegar. Venezuela y el mundo le deben mucho.

El daño que le hizo la agenda pro iraní del ex presidente estadounidense Obama es incalculable. Cassandra fue un proyecto exitoso pero frustrado, valga la contradicción. Si hubiese sido apoyado como debió serlo durante la administración Obama, el panorama geopolítico mundial fuera muy diferente en el presente. Hezbolá jamás hubiera progresado en esos años de complicidad y, por el contrario, hubiera recibido un impacto tal que hasta pudo provocar su desmantelamiento. Ahora, es una amenaza global y una organización criminal de alto riesgo, que tiene operaciones directas en América Latina y el mundo entero.

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